En la mente de Ángel, de tan solo seis años, muchas aventuras se suceden y hay un mundo lleno de personajes geniales. Pero una es su favorita: Ángela. Se parece tanto a él, piensa, pero ella es más afortunada, porque puede ocupar el pelo largo y ponerse faldas. Cuando Ángel almuerza, se imagina a Ángela almorzando por él, ocupando su lugar. Pero Ángela no soy yo, se dice a sí mismo, se corrige. Es solo una invención, no me identifico con este personaje, no.
“En realidad era yo, era una proyección”, reconoce ahora, a los 14 años.

No es la misma Ángela de su mente la que se hizo realidad, aclara, pero sí lleva el pelo largo y una falda. Esta es una Ángela 2.0, una que probablemente Ángel nunca habría podido imaginar. “Veía a una mujer cisgénero en ella, que podía quedar embarazada, que podía menstruar. Yo quería tomar hormonas para transitar y ser socialmente mujer. Odiaba mi cuerpo, pero después lo empecé a amar, porque ahora sé que existe una identidad trans más allá del binario”.
Niño bueno
Ximena Maturana (37) tiene dos hijos. Ángela es la menor de ellos. Amorosa, ordenada, responsable y obediente, desde muy pequeña se ganó el cariño de todos los adultos a su alrededor, fuera en colegio o en la cabaña de la playa donde pasaban los veranos. “Era un niño que se dejaba guiar por su mamá, muy dulce”, cuenta Ximena.

Sus cuadernos estaban llenos de colores, y en la casa le gustaba jugar con sus muñecas (peinarlas sobre todo) y peluches. Al mismo tiempo, le gustaba coleccionar autos. “Me gustaba hacer una ciudad con los autos”, dice.
Los papás de Ángela nunca se casaron ni convivieron, pero durante sus visitas, el lado paterno de la familia se mostraba preocupado por sus modos “femeninos” y presionaban a Ximena para que hiciera algo. A los cuatro años la llevaron a un sicólogo. Les dijeron que, probablemente, iba a ser gay, y que había que dejarla que se desarrollara libremente, sin límites de juguetes o roles.
En el jardín infantil, las educadoras les pedían a los niños que hicieran dos filas, los niños y las niñas. En su cabeza, Ángela pensaba “pero si yo soy niña”, y se ponía en la fila de las niñas. “No, si tú eres niño”, le corregían, y la cambiaban. Cuenta que tenía una novia, “más como una amigui que nos dábamos besitos”, y cuando iba a su casa se ponía sus vestidos “y cuidábamos una guagua las dos”.

Cuando entró al colegio, uno exclusivamente de hombres, simplemente asumió que estaba equivocada, que esos pensamientos que daban vueltas en su cabeza eventualmente se iban a disipar, que “se le iba a pasar”. Pero allí no se sentía realmente cómoda. No le gustaba jugar a la pelota, porque veía que los niños se gritaban y se pegaban súper fuerte, dice. A ella no le gustaba gritar, hablaba y se movía con suavidad, era introvertida.
Short, pantalón, buzo. Camisa o polera. Ese era el repertorio con el que Ángela se vestía todos los días. Ximena escogía la ropa para ella y su hermano; ellos salían de la ducha, se vestían y estaban listos. “Que a un niño hasta los 11 años le decidas tú la ropa que se va poner es porque en realidad algo pasa”, reflexiona ahora su mamá. Ángela solo imponía su voluntad cuando se trataba de su túnica de Harry Potter y de la cotona. Nunca quería sacárselas. “Creo que para ella hacían ese rol de vestido”, agrega Ximena.
Su forma de ser le fue generando cada vez más problemas con su papá, al que veía ocasionalmente. No se sentía cómoda con él, porque, dice, era muy machista, homofóbico y transfóbico. Eventualmente dejó de verlo. “Fue un alivio para mí, porque era sacar a alguien tóxico de mi vida. No me dio pena”.
Aunque en su casa era libre para comportarse como quería, Ximena sabe que fue una época en que Ángela se reprimió. “Lo debe haber pasado mal”. Se dedicó mucho a la música (aprendió a tocar varios instrumentos) y a dibujar. Era su refugio. A los 11 años, se cambió a un colegio mixto. Compartir con niñas despertó nuevamente en Ángela sus sospechas. Empezó a investigar y terminó viendo en YouTube un video de una chica trans. “Oh, me siento identificada con esto”, pensó.
Tenía mucho miedo de decirle a su mamá. “Me pasé mil rollos en mi cabeza, que le iba a contar a gente que después me podía hacer daño, no sé”. No quería ver su reacción cuando se enterara.
Entonces le escribió una carta, se la dejó en su velador cuando llegó la noche, y se acostó.
Se hizo la dormida.
- ¿Qué decía la carta?
- La carta no era solo para decirle que me sentía como mujer. Yo no me sentía feliz, porque tenía que ser una persona que no quería ser. Aparte de cumplir el rol de hombre, me sentía muy presionada a cumplir con otras cosas que me pedían, en los estudios y esas cosas.
Ximena no sabía nada del tema. Jamás había escuchado la palabra trans, pero le dijo a Ángela que la iba a apoyar. “Fue todo lo contrario de lo que yo pensé que me iba a decir”, admite Ángela. Empezaron un largo peregrinaje por sicólogos. Uno, incluso, le dijo que se iba a “curar”. Finalmente, cuenta, una la entendió y le dijo a su mamá: “Ella es Ángela, tienes que tratarla como tal”.
Ahí decidieron empezar la transición.
Poderosa
En julio de 2016, Ángela comenzó su tránsito. Se emocionaba cuando su mamá le decía por su nombre femenino. Finalmente, pudo empezar a ocupar las faldas y vestidos que tanto anhelaba. Se dejó crecer el pelo, porque “socialmente las mujeres tienen que tener el pelo largo”. Se demoraba en crecer y ella se impacientaba, se colocaba cintillos. Luego vino el maquillaje. Primero un labial, después fue sumando otras cosas. “Al principio me maquillaba muy exagerado”, cuenta.
Ximena dice que Ángela dejó de ser tan dulce, que se puso un poco arisca. “Uno lo asocia a la adolescencia también, pero creo que, sobre todo, logró empoderarse y sacar su voz”. Criar a una niña es otra cosa, dice. Ángela se puede demorar una hora y media, hasta dos horas, en estar lista para salir. ¿Qué hace en todo ese rato? Escoge su ropa, mira videos de maquillaje, se maquilla, se peina y “me quedo pensando en alguna otra cosa”, agrega ella.
Desde septiembre dejó de ir al colegio. Le cerraron el año antes, porque quería continuar el tránsito tranquila, en su casa. Regresó en 2017 al mismo establecimiento que, reconoce, tuvo toda la disposición para apoyarla. Pero no pudo seguir. “Todos me conocían como Ángel, entonces les costaba mucho tratarme como Ángela y eso eventualmente me hizo sentir incómoda”. Pasó el resto del año en su casa. Lo único que hacía era ocupar el computador. Se aburría.
Planeaba dar exámenes libres a finales de ese año, pero finalmente se arrepintió, porque “no se sentía preparada”.

Con su mamá se pusieron de cabeza a buscar colegio para el año siguiente. Ángela quería que fuera laico y con pocos estudiantes. Las opciones eran pocas. Pasó por tómbolas y pruebas de admisión. No quedó en ninguno.
Ximena ya participaba activamente de la Fundación Selenna, donde se estaba gestando el proyecto de la Escuela Amaranta Gómez. Ella se consiguió la sede de la Junta de Vecinos en la Villa Olímpica, que queda a una cuadra de su departamento, para hacer ahí las clases.
Ángela fue la primera matriculada.
Ambas han sido protagonistas de los reportajes que se han escrito sobre la escuela. Ellas y, en general, todos los estudiantes, están acostumbrados a las cámaras, los fotógrafos y los periodistas. Ya tienen un discurso medio aprendido sobre cómo el colegio les ha cambiado la vida. Ángela dice que le gusta mucho, que allí le han enseñado cosas súper distintas a las de una educación formal, pero que también hay que estudiar más. A fines de este año debería dar exámenes libres. Está un año atrasada.
Un día después de clases, Ángela da otra entrevista. Está sola en una de las salas. Solo su voz suave y lenta interrumpe el silencio. Se acomoda la falda para sentarse. Se acomoda los lentes para escuchar la pregunta.
- ¿Quieres
cambiarte elnombre ? - No, encuentro que me invisibilizaría como persona trans. No estoy tan convencida de lo que promete la ley. Yo, por ejemplo, tengo el mismo sexo que he tenido siempre, no he tomado hormonas, no me he operado. Qué pasa si mañana hago el cambio y me da, no sé, cáncer a los testículos, ¿me van a garantizar acceso a un tratamiento de salud?
- Porque tus documentos van a decir que eres mujer…
- Claro.
- ¿Y quieres eventualmente hormonizarte u operarte?
- En un momento fue tema para mí. Normalmente te dicen que hacer el tránsito significa tomar hormonas, pero después me di cuenta de que no era tan necesario, ni tampoco tomar bloqueadores. Me gusta mi cuerpo, me liberé de esa presión de cumplir con el estereotipo de mujer.
- O sea que no ha cambiado nada en tu cuerpo con la transición.
- Me hice la depilación láser, eso sí. Me cargan los pelos.
La familia de Ángela lentamente se ha ido adaptando a los cambios que vinieron con su tránsito. Para Ximena, no se trataba solo de respetar la identidad de su hija, sino que de ceder un espacio que siempre había sido suyo. “Yo era la única mujer entre muchos hermanos, siempre fui la princesa, el centro de todo, y empezamos a pelearnos ese espacio bastante. En un principio fue bastante caótico”, recuerda.
Aun así, nunca dejó de apoyarla. “Prefiero mamá-hija que mamá-hijo, porque siento que hemos tenido la oportunidad de ir aprendiendo juntas en este proceso”, dice Ángela.

Como Ángela ha decidido permitir que su cuerpo se siga desarrollando, sabe que con el paso de la pubertad ciertos caracteres sexuales masculinos comenzarán a aparecer. De lo que diga la gente en la calle, o le vaya a pasar en el futuro, dice no tener miedo. A todo el mundo le puede pasar algo, y eso no va a detenerla, dice.
Son su mamá y su abuelo quienes se preguntan qué irá a pasar. Deben lidiar con los miedos, con las aprensiones. Cada cierto tiempo, Ximena termina enfrascada en algún intercambio porque alguien miró extraño o le dijo algo a Ángela. No puede evitarlo. Es una niña dice, su niña, y siente la necesidad de defenderla.
La joven no se da por aludida. A veces sí, cuando está más sensible, reconoce que las miradas la incomodan, pero rápidamente se olvida. Tiene cosas más importantes en que pensar. Le gustaría estudiar sicología o fotografía. ¿Familia? “Yo sola con animales. Conejos pueden ser. Quizás una pareja, pero nunca con hijos, no me imagino con hijos”.
Y bueno, como cualquier adolescente, Ángela también piensa en cosas no tan importantes.
“Me gusta mucho la música, el K-Pop. Me gusta mucho bailar. Hay una canción que se llama Time for the moon night, estoy como obsesionada con esa”.













