Tomó sus cosas y ni siquiera se despidió. Con 16 años, Francis dejaba la casa de su abuela materna, donde había vivido casi un año. Estaba cansade* de la violencia, de las presiones, de la imposición agotadora de ser Francisca Paulina, la que en el camarín del colegio rompía a escondidas el cierre de la falda para poder ponerse buzo, la que los más grandes apuntaban diciendo “la niña-niño”, riéndose. Llegó a la casa de su papá y le dijo: “Quiero cortarme el pelo”. Así comenzó su transición para ser, no un niño, no una niña, solo Francis.

Sentade en el patio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, luce ese pelo. Muy corto por los lados, más largo arriba, desteñido. “Ya no se me forma ninguna infame ondulación”, dice, recordando su largo pelo crespo. “Si me dicen que con el pelo corto me parezco a mi mamá, bacán”, pensó cuando se vio al espejo por primera vez. “Pero si me dicen que me parezco aún más a mi papá, bien también, porque me puedo parecer a los dos. No tiene que ser uno u otro, puedo ser lo que yo quiera”, concluyó.
En febrero había comenzado su terapia hormonal y en marzo los cambios eran aún muy sutiles. “Como soy una persona no binarie, tomo bajas cantidades de testosterona. No van a ser grandes cambios, no es que me quiera ver como un hombre macho gigante. Me gusta mi contextura”. Sus compañeros de carrera, Antropología, le preguntaron entonces con qué pronombre tratarle. Era un giro en 180 grados, después de haber estudiado un año Sicología en la Universidad Finis Terrae, donde, dice, no eran muy tolerantes con las diversidades sexuales y se sintió incómode desde el primerdía. “Esa era mi idea de estar acá, que nadie me hinchara por ser yo”.
Y aunque acepta sin muchos reparos que la mayoría de las personas ocupen el pronombre masculino al hablarle, preferiría que fuera el neutro. Sabe que no siempre es fácil. Cuando va a la feria con su papá, y se encuentran con amigos, vecinos, él lo presenta como su hijo. “Como todos ellos sabían que tenía una hija y un hijo, le dicen ‘este es tu hijo menor’ y yo ‘oh… no’. A mi papá le cuesta explicarles lo del hije”, reconoce Francis.
Lleva anteojos, dos aros en la boca, una camisa estampada y un pantalón oscuro. “Sé que la gente me ve como un niño de 15 años, aunque tengo 20. Desde mi lado, solo puedo decirles no, yo no soy hombre ni mujer, soy yo. No tengo por qué obligarme a caer en tus estereotipos de género”.

El príncipe del tenis
A Francis le gustaba hacer deportes. Iba al parque con su papá y jugaban a la pelota. Nunca sintió que le impusieran un “género”, que le dijeran “esto es de niña, esto es de niño”. Con su hermano Alberto, dos años menor, compartían todo. “Tenía una cantidad enfermiza de peluches y en esa época había una fiebre por My Little Ponny, entonces los coleccionábamos. Pero también teníamos pelotas, autos y jugábamos con todo”. Además, Francis le heredaba su ropa, “por lo que tenía que ser bastante neutra”,explica.
Entrar al colegio fue un gran cambio. Eran muy binarios para todo, afirma. Las mujeres solo podían hacer cheerleaders, vóleibol o hockey. “No, eso es de hombres, no”, le dijo el profesor cuando, en tercero básico, pidió jugar básquetbol. El básquetbol, el fútbol y el rugby eran para los niños. “Yo quería con toda mi alma jugar básquetbol, me gustaban los deportes, era lo que me gustaba hacer”.
Cuando les contó a sus papás, ellos le consiguieron su propia pelota de básquetbol. “Compraron uno de esos aros de supermercado y lo instalaron en la pared. Yo podía jugar sin que ningún profesor viniera a decirme lo que era de hombre o de mujer”. Su hermano le regaló una pelota de fútbol americano. Así, se salió con la suya, dice.
Siempre ha sido fan del animé, de los cómics, de los “monitos”. Cuenta que se encerraba mucho en su mundo, leyendo, viendo tele, de Scooby Doo a Pokémon. Le gustaba una serie que se llamaba El príncipe del tenis. En ella había un personaje femenino, pero Francis pensaba que no se veía ni se vestía como esa chica. Quería ser como el príncipe del tenis. Su mamá le compró una raqueta.

Afuera de su casa, sin embargo, Francis vivía las imposiciones de ser “una niña”. En el colegio, los profesores le llamaban la atención por jugar con los niños, cosas de niños. Tenía que ponerse vestido cada vez que visitaban a su abuela, quien pensaba que Fran (Francisca) no era un nombre suficientemente femenino, así que le decía por su segundo nombre, Paulina. En los actos del colegio, recuerda, la llamaba por ese nombre: “¡Paulina, Paulina!”, y Francis no se daba por aludide. “Los otros papás no entendían nada, decían, ‘no hay ninguna Paulina en el curso’”.

Dice que vivió un bullying “discreto, pero constante”. Primero por el peso, luego por su expresión más “masculina”. Eran niñas dos o tres años más grandes, “mira, ahí va la niña-niño”, decían. “Una cosa específicamente dirigida a mí, un tipo de acoso que me molestaba harto, me cansaba”. Pero Francis era tranquile, no se metía en problemas. Hasta que un día, unos niños más grandes empezaron a molestar a Alberto. Decidide a defenderlo, terminó a golpes con ellos. Había tenido demasiada paciencia, pero con su hermano, no, pensó.
Al año siguiente, duró apenas una semana en ese colegio. Con el pelo corto y teñido, aros en la boca, el rechazo fue demasiado patente. “Era una realidad muy violenta, donde el más mínimo intento de ser diferente se reprimía”. Entonces se cambió al Altamira, ubicado en Peñalolén, donde terminó cuarto medio. A pesar de que aún no había hecho su tránsito, y pasó parte del año con depresión, dice que en ese colegio fue “extremadamente feliz”.
La ausencia de Mima
La mamá de Francis tenía párkinson. Marcelo, el papá de Francis, comenzó a notar sus temblores al poco tiempo de casarse. Ella decía que era solo el cansancio, hasta que se hizo evidente que no lo era. Sin embargo, era algo sutil, que no afectaba la rutina de la casa. “Era la típica vida de una familia de clase media donde los papás trabajan y los hijos estudian”, cuenta Francis.

Marcelo y “Elsita”, como le dice el papá de Francis, se conocieron de una manera poco convencional. Él, que venía de Puerto Montt, era cura franciscano, votos de pobreza incluidos. Ella estudiaba Sicología. Dios, cuenta Marcelo, le puso entonces una prueba. “Yo era machista, probablemente aún lo soy, y homofóbico, muy homofóbico. Mi superior, sin saberlo, me envió a trabajar con otro hermano, en la Recoleta Franciscana, apoyando a un grupo de enfermos de VIH. Eran casi todos homosexuales y yo estaba atacado”.
Conocerlos cambió su vida en muchos aspectos. “Entendí que hay que ser cristiano a la manera de Cristo, no a la manera de uno, interpretando a nuestra conveniencia. Si los creyentes pensamos que todo lo creado por Dios es bueno, estas personas también lo son”. Aún los recuerda con cariño, dice. En ese mismo tiempo, interesando por saber más del VIH, conoció a Elsa, que dictaba talleres al respecto, y se enamoraron.
Francis confiesa que su mamá, tal vez, lo protegió demasiado. Que lo dejó ser niño hasta ya muy grande. Una vez se pusieron a ver una película de Pokémon en la tele. “Había como un zorrito que hablaba y le decía a su mamá ‘mima’, mami al revés. Empezamos a decirle mima a mi mamá y ella lo repetía, me decía por teléfono ‘cómo es que no has llamado a tu mima’. Siempre pienso en ella como mima”.
Una semana antes de que Francis cumpliera 16, su mamá falleció sorpresivamente de una falla cardiaca. Temporalmente, se fue a vivir con su abuela, que vivía más cerca del colegio. Pero no soportó mucho tiempo. “Se volvió muy agresiva conmigo, porque yo no era lo que ella quería”.
“Nuestra vida dio un vuelco y estuvimos separados por un tiempo”, cuenta Marcelo. Reconoce que le falta su otra mitad, el cable a tierra de la familia, pero siente que Dios lo preparó para asumir esta situación. “Quizás ellos sentían que su mamá era más tolerante al momento de conocer sus realidades, por lo que he intentado escucharlos y reaccionar de manera acogedora y calma”. Al poco tiempo de que Francis le contara que era trans, Alberto se atrevió a decirle que era gay.
Cuando Francis salió del colegio, su papá le regaló un “Libro de aventuras”, inspirado en la película animada Up. Escrito a mano por él, con letras dibujadas de distintos colores, y fotos antiguas, iba contándole su vida. “¡Crecí, qué lata!”, dice una de las páginas.
Ahora los tres viven juntos en Macul. Su papá, que hacía clases de religión, trabaja hoy manejando micros. “Es triste, pero ahí gana más plata”, dice Francis. Marcelo los va a dejar y a buscar a todos lados. Explica que no desconfía de ellos, sino del resto. Recuerda lo que le pasó a Daniel Zamudio y se preocupa, se angustia. “Siempre estoy con temor, no quiero que nadie les haga daño porque son diferentes”, confiesa. Siente la doble responsabilidad de continuar la tarea de “Elsi” y redobla sus esfuerzos para cuidarlos.
Alberto está en cuarto medio, en el Altamira, y Francis ya cursa su segundo semestre de Antropología. Participó, aunque no tan activamente, de la toma feminista de su facultad. “Gracias a mis compañeras he aprendido que sus consignas no distan tanto de las del movimiento trans. Últimamente me he cuestionado mucho que yo, por estar cambiando a una expresión de género más masculina, tenga más privilegios. Eso es muy injusto”, reflexiona. Lentamente, ha ido desarrollando su lado más activista, y es parte de un pequeño colectivo de personas de género no binarie llamado Neutres.
A veces, Francis se coloca algunas prendas de su mamá. “Si me regalan una polera azul con florcitas, por ejemplo, yo me la voy a poner sin problemas”. Ser no binarie, explica, lo libera de esos límites. “Sigo teniendo dolores menstruales y no pasa nada, estoy súper feliz con mis genitales”. A veces, sí, piensa en hacerse una mastectomía, pero no tiene ningún apuro, aclara.
Se reconoce afortunade, porque su papá le ha apoyado en todo. “Conozco otros chiques que los han echado de sus casas y eso me frustra mucho”.
- ¿Qué es lo que más te molesta?
- En resumen, me molesta la violencia humana, inherentemente humana, a lo diferente.
*Nota del autor: Como una concesión editorial, y para respetar el género no binarie de Francis, este texto fue escrito usando lenguaje inclusivo.













