Como cada tarde, cuando su marido Gabriel Astete (39) salía de la casa para trabajar durante la noche, Macarena Duarte (26) se dirigió a la cocina para prepararles algo de comer a sus dos hijas, Javiera (8) y Denisse (6). Era su momento de compartir con ellas. “¡A tomar once, mis princesas!”, las llamó. “Yo no soy princesa y no quiero ser princesa”, respondió molesta la más pequeña, de entonces cuatro años. La madre se quedó en silencio. Una vez en la cama, ya listas para dormir, Macarena volvió al incidente: ¿Por qué no quieres ser princesa?
- Mamá, es que yo soy un niño, no soy una niña.
- No, tú eres niña, tú tienes que ser niña.
Alexis le hablaba fuerte y claro a su mamá, pero ella, reconoce hoy Macarena, no tenía muchas ganas de escuchar.

Durante mucho tiempo, Alexis les dio a sus padres señales de que no era una niña. Algunas eran más sutiles, como detestar los vestidos, la ropa rosada y preferir los juguetes asociados a los niños, como los autos o los robots. Otras veces las señales eran más explícitas, como esa noche. “Pensábamos que iba a ser lesbiana, ese era el término para nosotros, porque no conocíamos el término trans”, dice Gabriel Astete.
El rosado y los cachos
Macarena y Gabriel se conocieron “en la calle”, explica él. “Yo me había ido de la casa y solo me dedicaba a carretear. Ella en ese tiempo vivía en un hogar, porque tenía problemas con su mamá”. Gabriel se interesó inmediatamente en ella y la abordó en una discotheque. Al poco tiempo, ambos terminaron viviendo donde una amiga en común. Macarena estaba con otra persona, pero Gabriel aprovechaba cada momento a solas para conversarle.
Las cosas avanzaron rápido. Cuando ella terminó la otra relación, Gabriel le propuso irse a vivir juntos. Recién estaban saliendo. “Si resulta, resulta”, pensaron. Ya llevan 10 años en pareja. No se han casado, y varias veces han estado a punto de separarse, pero “siempre algo más nos une, siempre”, afirma Gabriel.
Llevaban mucho tiempo intentando tener un hijo y la relación estaba agotada, cuentan. Entonces, llegó Javiera. Regalona, en exceso sobreprotegida, admite su padre.
Dos años después llegó Denisse. Sus papás dicen que siempre fue “distinta”. Cuando jugaba con su hermana mayor, siempre asumía los roles masculinos. Javiera era la princesa, ella era el príncipe. Javiera era Peppa, ella era George. Javiera era Minnie, ella era Mickey. “Javi, por qué tienes tú siempre que ser la princesa”, la retaba su mamá. “¡Pero si ella quiere ser el príncipe!”, replicaba la niña.
Cuando tenía tres años, para la Navidad, su mamá recuerda haber visto en su rostro, triste y decepcionado, al Alexis que clamaba por salir. “Él miraba los juguetes de sus primos con tantas ganas. Yo le decía ‘juega con tus muñecas’ y él me respondía que no, que se las iba a dar a la Javi. Yo creo que fue horrible para él no recibir ningún regalo que le gustara”.
Aunque Macarena intentaba reforzarle los estereotipos femeninos, “harto rosado, harto cacho”, dice, ambos padres fueron cediendo, lentamente. Si iban al negocio de la esquina y pedía que le compraran un auto o un superhéroe, aceptaban. Los cumpleaños eran de temáticas “más de niño”, explica Gabriel, como Pokémon. Empezaron a decirles a los tíos y amigos de la familia que mejor no le regalaran juguetes de niña, simplemente porque iban a quedar botados y no querían que nadie “se sintiera”.
Un día, mirando la televisión, se toparon con un reportaje sobre Selenna, la hija trans de Evelyn Silva, quien creó la Fundación Selenna para apoyar a familias que estuvieran pasando por lo mismo que había atravesado ella. “Nos quedó ese bichito en la cabeza, pero nos demoramos más o menos un año en aceptarlo”.

Fue la entrada al colegio la que precipitó todo. Alexis no quería ocupar falda. Entonces, Gabriel decidió asesorarse telefónicamente con la Fundación Juntos Contigo y empezaron a ponerle ropa de niño. “Se ve muy lindo, mamá, yo sé que él quiere vestirse así”, comentó Javiera. Le hacían un tomate en el pelo y le ponían un gorro, pero “se le caían sus rulitos, no funcionaba”, dice Gabriel.
- Esto es ridículo, mañana se lo cortamos – le dijo a Macarena.
Fueron a una peluquería del centro. Alexis iba con una trenza que desapareció de un tijeretazo. El niño celebraba, pero su mamá lloraba. Macarena guardó la trenza. El último vestigio de Denisse.
“No me gustaba tener el pelo largo. Se me enredaba mucho, se me ensuciaba a cada rato”, recuerda Alexis.
Una semana después de eso, Evelyn Silva visitó a la familia en su casa. Gabriel y Macarena sentían que necesitaban más ayuda. Habían hecho todo instintivamente, aún se sentían muy confundidos.
- Y tú, ¿cómo te llamas? – le preguntó Evelyn a Alexis.
- Alexis. – respondió él, muy
tranquilo .

Era la primera vez que decía su nombre, recuerda Gabriel. Quedaron impresionados, porque ellos todavía le decían Denisse. “Es el único nombre que me gustaba en la vida”, explica Alexis. Por Alexis Sánchez, por supuesto.
-¿A qué te gusta jugar?
-A la pelota, con mis muñecos que tengo.
Un niño feliz
Era el primer día de clases de Alexis. Estaba en los juegos, con otros niños. “¡Es una niña!”, gritó uno, como acusándolo. Alexis salió corriendo. “Me dio un poco de vergüenza y me enojé, así que me fui a otro juego y ahí jugué”. No volvió más a ese colegio.
Tanto la dirección como los apoderados sabían de la situación de Alexis. Hubo, incluso, una reunión. De un curso de 40 alumnos, tres apoderados se opusieron a que el niño siguiera en el colegio. No es tanto, piensa Gabriel, intentando mirar el vaso medio lleno. “Lo más feo que nos dijeron fue que el Ale le podía hacer algo a algún compañero, como algo sexual”, recuerda, mirando el vaso medio vacío.
La Fundación Selenna intentó ayudarlos a encontrar otro colegio en la comuna de Recoleta, donde vive la familia. Comenzó en otro, pero no alcanzó a durar un mes. Los padres de Alexis estaban angustiados. Evelyn les habló del proyecto que estaban desarrollando: la Escuela Amaranta Gómez, una escuela libre, especialmente pensada para niños trans. Macarena y Gabriel decidieron intentarlo.
Gabriel llega temprano en la mañana de su trabajo como guardia nocturno y al poco rato parte con Alexis a la escuela, que está ubicada en la comuna de Ñuñoa. Tienen que tomar dos micros y se demoran en promedio una hora y media. No es un viaje que Alexis disfrute particularmente: siempre le dan ganas de vomitar. Por lo mismo, no toma desayuno antes de salir, sino que cuando llega a la escuela. Su papá lo deja y vuelve a la casa, a hacer el almuerzo. A esa hora Macarena, quien está embarazada, está trabajando.
“Dejo el almuerzo hecho y parto a buscarlo. Sale a las dos de la tarde, así que estamos almorzando casi a las cuatro”, explica. Después de eso, van a buscar a su hija mayor, Javiera. Al regresar, ayuda a Alexis a estudiar, porque ahora tendrá que dar exámenes libres. “Mi papá me está enseñando a leer, me gusta estudiar con él”, dice el pequeño.
Si tiene suerte, Gabriel podrá tomar una breve siesta antes de irse a trabajar nuevamente. Tiene turnos de 4×4 (cuatro trabajados, cuatro libres), pero casi siempre hace cosas extras en esos días. “A la Maca no le gusta mucho que trabaje esos días, pero necesitamos la plata”. Gabriel recuerda que, hasta hace un tiempo, vivían en una casa donde el baño estaba afuera y tenía que estar poniéndole nylon al techo. “Esta es chiquitita, pero cien veces mejor”.
La familia hace muchos sacrificios, pero ver cómo Alexis ha cambiado, que está más alegre y seguro de sí mismo, les confirma que el esfuerzo vale la pena.

Alexis se adapta lentamente a su nueva escuela. “Tenía un poco de miedo de ir a un colegio con otros niños transgénero”, explica. En su grupo, el de los más pequeños, es el único niño. “Las niñas aquí se portan un poco mal, no paran de hablar y son muy desordenadas. Acá todavía no consigo amigos”, agrega. A pesar de sus palabras, se le ve jugar y participar de las clases sin ningún problema. Está feliz, porque, dice, ya no tiene que esconderse o fingir algo que no es.
- ¿Le has contado a otras personas que eres transgénero?
- Mis primos y mi amiga de la casa saben.
- ¿Te dijeron algo cuando supieron?
- Nada. Jugamos igual nomás.
- ¿Y el resto de tu familia?
- Mi abuelo me dice mijita. No entiende, tiene mala vista.
La familia también se está adaptando. Gabriel cuenta que los primeros días no podía dejar de mirar a Alexis. “Era como tener un niño extraño en la casa. Sabía que era mi hijo, pero esa fue la primera sensación que tuve”. Dice que antes era muy machista, homofóbico y transfóbico, pero ya no. Ha evolucionado, explica, se contiene de hacer comentarios inapropiados y corrige a otras personas de la familia cuando los hacen. “Como papá, tengo que proteger a Alexis”, explica.
Confiesa que él siempre quiso un niño. Qué paradoja, piensa ahora. “Se me cumplió el deseo, pero por mí que se hubiera quedado como Denisse, por todos los problemas que hay. Me cuido tanto de que yo y mi señora estemos vivos siempre. Me da miedo que me pase algo y no estar ahora, a esta edad, para protegerlo, porque sufriría mucho”.
Macarena sigue lidiando con las miradas y comentarios a sus espaldas. Hace poco fue con Alexis a un acto del colegio de Javiera. “Yo veía cómo la encargada en ese minuto, la inspectora que nos trató de apoyar, murmuraba y miraba a Alexis. Yo sabía que estaban hablando de él”, dice con molestia.

“Ella aún no lo acepta del todo, todavía tiene la esperanza de que el Ale vuelva a ser su niña. Pero sus miedos, sus aprensiones, no se las transmite a él. Yo la entiendo, pero el Ale ya es un niño, está convencido de que es un niño y no va a cambiar”, reflexiona Gabriel.
Alexis juega a la pelota en el patio, con su hermana Javiera, ajeno a las reflexiones de sus padres. Toma el balón e intenta dominarlo con los pies, como Alexis Sánchez. Se le cae. “No me resulta”, dice. Se ríe.
¿Qué pasará en el futuro, cuando Alexis llegue a la pubertad? No lo saben. Pero en la escuela, explican, lo están ayudando a quererse “como es”, con todos los cambios que puedan venir. No está en sus planes inhibir su desarrollo con medicamentos. Desconfían de los bloqueadores, de las hormonas, porque no se sabe qué daño puedan hacerle a largo plazo.
Gabriel solo espera lo mejor. “Que cuando el momento llegue, cuando le llegue la regla, le crezcan los pechos, no sea un tema para él. Pero de que le va a producir algo, le va a producir”.
En el intertanto, son pequeños gestos los que hacen la diferencia. Alexis le dijo a su papá que quería hacer pipí parado, como él. Como no puede, ahora es Gabriel el que se sienta para hacer pipí. “Son detalles, para que no se sienta mal. No me cuesta nada”.













