Ángela

En la mente de Ángel, de tan solo seis años, muchas aventuras se suceden y hay un mundo lleno de personajes geniales. Pero una es su favorita: Ángela. Se parece tanto a él, piensa, pero ella es más afortunada, porque puede ocupar el pelo largo y ponerse faldas. Cuando Ángel almuerza, se imagina a Ángela almorzando por él, ocupando su lugar. Pero Ángela no soy yo, se dice a sí mismo, se corrige. Es solo una invención, no me identifico con este personaje, no.

 “En realidad era yo, era una proyección”, reconoce ahora, a los 14 años.

No es la misma Ángela de su mente la que se hizo realidad, aclara, pero sí lleva el pelo largo y una falda. Esta es una Ángela 2.0, una que probablemente Ángel nunca habría podido imaginar. “Veía a una mujer cisgénero en ella, que podía quedar embarazada, que podía menstruar. Yo quería tomar hormonas para transitar y ser socialmente mujer. Odiaba mi cuerpo, pero después lo empecé a amar, porque ahora sé que existe una identidad trans más allá del binario”.

Niño bueno

Ximena Maturana (37) tiene dos hijos. Ángela es la menor de ellos. Amorosa, ordenada, responsable y obediente, desde muy pequeña se ganó el cariño de todos los adultos a su alrededor, fuera en colegio o en la cabaña de la playa donde pasaban los veranos. “Era un niño que se dejaba guiar por su mamá, muy dulce”, cuenta Ximena.

Ángela (Ángel) en el colegio. Crédito: Archivo personal.

Sus cuadernos estaban llenos de colores, y en la casa le gustaba jugar con sus muñecas (peinarlas sobre todo) y peluches. Al mismo tiempo, le gustaba coleccionar autos. “Me gustaba hacer una ciudad con los autos”, dice. 

Los papás de Ángela nunca se casaron ni convivieron, pero durante sus visitas, el lado paterno de la familia se mostraba preocupado por sus modos “femeninos” y presionaban a Ximena para que hiciera algo. A los cuatro años la llevaron a un sicólogo. Les dijeron que, probablemente, iba a ser gay, y que había que dejarla que se desarrollara libremente, sin límites de juguetes o roles.

En el jardín infantil, las educadoras les pedían a los niños que hicieran dos filas, los niños y las niñas. En su cabeza, Ángela pensaba “pero si yo soy niña”, y se ponía en la fila de las niñas. “No, si tú eres niño”, le corregían, y la cambiaban. Cuenta que tenía una novia, “más como una amigui que nos dábamos besitos”, y cuando iba a su casa se ponía sus vestidos “y cuidábamos una guagua las dos”.

Ángela en la pieza que comparte con su mamá.

Cuando entró al colegio, uno exclusivamente de hombres, simplemente asumió que estaba equivocada, que esos pensamientos que daban vueltas en su cabeza eventualmente se iban a disipar, que “se le iba a pasar”. Pero allí no se sentía realmente cómoda. No le gustaba jugar a la pelota, porque veía que los niños se gritaban y se pegaban súper fuerte, dice. A ella no le gustaba gritar, hablaba y se movía con suavidad, era introvertida.

Short, pantalón, buzo. Camisa o polera. Ese era el repertorio con el que Ángela se vestía todos los días. Ximena escogía la ropa para ella y su hermano; ellos salían de la ducha, se vestían y estaban listos. “Que a un niño hasta los 11 años le decidas tú la ropa que se va poner es porque en realidad algo pasa”, reflexiona ahora su mamá. Ángela solo imponía su voluntad cuando se trataba de su túnica de Harry Potter y de la cotona. Nunca quería sacárselas. “Creo que para ella hacían ese rol de vestido”, agrega Ximena.

 Su forma de ser le fue generando cada vez más problemas con su papá, al que veía ocasionalmente. No se sentía cómoda con él, porque, dice, era muy machista, homofóbico y transfóbico. Eventualmente dejó de verlo. “Fue un alivio para mí, porque era sacar a alguien tóxico de mi vida. No me dio pena”.

Aunque en su casa era libre para comportarse como quería, Ximena sabe que fue una época en que Ángela se reprimió. “Lo debe haber pasado mal”. Se dedicó mucho a la música (aprendió a tocar varios instrumentos) y a dibujar. Era su refugio. A los 11 años, se cambió a un colegio mixto. Compartir con niñas despertó nuevamente en Ángela sus sospechas. Empezó a investigar y terminó viendo en YouTube un video de una chica trans. “Oh, me siento identificada con esto”, pensó.

Tenía mucho miedo de decirle a su mamá. “Me pasé mil rollos en mi cabeza, que le iba a contar a gente que después me podía hacer daño, no sé”. No quería ver su reacción cuando se enterara.

Entonces le escribió una carta, se la dejó en su velador cuando llegó la noche, y se acostó.

Se hizo la dormida.

  • ¿Qué decía la carta?
  • La carta no era solo para decirle que me sentía como mujer. Yo no me sentía feliz, porque tenía que ser una persona que no quería ser. Aparte de cumplir el rol de hombre, me sentía muy presionada a cumplir con otras cosas que me pedían, en los estudios y esas cosas.
“Después, una vez me contó que buscó lo que era y claro, le salía como… lo único que le salía de los trans era sobre la prostitución, entonces como que ella tenía mucho miedo de hacerlo”.

Ximena no sabía nada del tema. Jamás había escuchado la palabra trans, pero le dijo a Ángela que la iba a apoyar. “Fue todo lo contrario de lo que yo pensé que me iba a decir”, admite Ángela. Empezaron un largo peregrinaje por sicólogos. Uno, incluso, le dijo que se iba a “curar”. Finalmente, cuenta, una la entendió y le dijo a su mamá: “Ella es Ángela, tienes que tratarla como tal”.

Ahí decidieron empezar la transición.

Poderosa

En julio de 2016, Ángela comenzó su tránsito. Se emocionaba cuando su mamá le decía por su nombre femenino. Finalmente, pudo empezar a ocupar las faldas y vestidos que tanto anhelaba. Se dejó crecer el pelo, porque “socialmente las mujeres tienen que tener el pelo largo”. Se demoraba en crecer y ella se impacientaba, se colocaba cintillos. Luego vino el maquillaje. Primero un labial, después fue sumando otras cosas. “Al principio me maquillaba muy exagerado”, cuenta.

Ximena dice que Ángela dejó de ser tan dulce, que se puso un poco arisca. “Uno lo asocia a la adolescencia también, pero creo que, sobre todo, logró empoderarse y sacar su voz”. Criar a una niña es otra cosa, dice. Ángela se puede demorar una hora y media, hasta dos horas, en estar lista para salir. ¿Qué hace en todo ese rato? Escoge su ropa, mira videos de maquillaje, se maquilla, se peina y “me quedo pensando en alguna otra cosa”, agrega ella.

Desde septiembre dejó de ir al colegio. Le cerraron el año antes, porque quería continuar el tránsito tranquila, en su casa. Regresó en 2017 al mismo establecimiento que, reconoce, tuvo toda la disposición para apoyarla. Pero no pudo seguir. “Todos me conocían como Ángel, entonces les costaba mucho tratarme como Ángela y eso eventualmente me hizo sentir incómoda”. Pasó el resto del año en su casa. Lo único que hacía era ocupar el computador. Se aburría.

Planeaba dar exámenes libres a finales de ese año, pero finalmente se arrepintió, porque “no se sentía preparada”.

Ángela en clases en la Escuela Amaranta Gómez.

Con su mamá se pusieron de cabeza a buscar colegio para el año siguiente. Ángela quería que fuera laico y con pocos estudiantes. Las opciones eran pocas. Pasó por tómbolas y pruebas de admisión. No quedó en ninguno.

Ximena ya participaba activamente de la Fundación Selenna, donde se estaba gestando el proyecto de la Escuela Amaranta Gómez. Ella se consiguió la sede de la Junta de Vecinos en la Villa Olímpica, que queda a una cuadra de su departamento, para hacer ahí las clases.

Ángela fue la primera matriculada. 

Ambas han sido protagonistas de los reportajes que se han escrito sobre la escuela. Ellas y, en general, todos los estudiantes, están acostumbrados a las cámaras, los fotógrafos y los periodistas. Ya tienen un discurso medio aprendido sobre cómo el colegio les ha cambiado la vida. Ángela dice que le gusta mucho, que allí le han enseñado cosas súper distintas a las de una educación formal, pero que también hay que estudiar más. A fines de este año debería dar exámenes libres. Está un año atrasada.

Un día después de clases, Ángela da otra entrevista. Está sola en una de las salas. Solo su voz suave y lenta interrumpe el silencio. Se acomoda la falda para sentarse. Se acomoda los lentes para escuchar la pregunta. 

  • ¿Quieres cambiarte el nombre?
  • No, encuentro que me invisibilizaría como persona trans. No estoy tan convencida de lo que promete la ley. Yo, por ejemplo, tengo el mismo sexo que he tenido siempre, no he tomado hormonas, no me he operado. Qué pasa si mañana hago el cambio y me da, no sé, cáncer a los testículos, ¿me van a garantizar acceso a un tratamiento de salud?
  • Porque tus documentos van a decir que eres mujer…
  • Claro.
  • ¿Y quieres eventualmente hormonizarte u operarte?
  • En un momento fue tema para mí. Normalmente te dicen que hacer el tránsito significa tomar hormonas, pero después me di cuenta de que no era tan necesario, ni tampoco tomar bloqueadores. Me gusta mi cuerpo, me liberé de esa presión de cumplir con el estereotipo de mujer.
  • O sea que no ha cambiado nada en tu cuerpo con la transición.
  • Me hice la depilación láser, eso sí. Me cargan los pelos.
 “Supongamos, cuando yo entré a la fundación, era increíble ver a otras personas que son tus pares, porque ellos te entienden. Entonces, creo que me ayudaron bastante a ser yo. Es muy importante el tema de conocer a otra gente trans”.

La familia de Ángela lentamente se ha ido adaptando a los cambios que vinieron con su tránsito. Para Ximena, no se trataba solo de respetar la identidad de su hija, sino que de ceder un espacio que siempre había sido suyo. “Yo era la única mujer entre muchos hermanos, siempre fui la princesa, el centro de todo, y empezamos a pelearnos ese espacio bastante. En un principio fue bastante caótico”, recuerda.

Aun así, nunca dejó de apoyarla. “Prefiero mamá-hija que mamá-hijo, porque siento que hemos tenido la oportunidad de ir aprendiendo juntas en este proceso”, dice Ángela.

Ángela y su mamá, Ximena Maturana.

Como Ángela ha decidido permitir que su cuerpo se siga desarrollando, sabe que con el paso de la pubertad ciertos caracteres sexuales masculinos comenzarán a aparecer. De lo que diga la gente en la calle, o le vaya a pasar en el futuro, dice no tener miedo. A todo el mundo le puede pasar algo, y eso no va a detenerla, dice. 

Son su mamá y su abuelo quienes se preguntan qué irá a pasar. Deben lidiar con los miedos, con las aprensiones. Cada cierto tiempo, Ximena termina enfrascada en algún intercambio porque alguien miró extraño o le dijo algo a Ángela. No puede evitarlo. Es una niña dice, su niña, y siente la necesidad de defenderla. 

 La joven no se da por aludida. A veces sí, cuando está más sensible, reconoce que las miradas la incomodan, pero rápidamente se olvida. Tiene cosas más importantes en que pensar. Le gustaría estudiar sicología o fotografía. ¿Familia? “Yo sola con animales. Conejos pueden ser. Quizás una pareja, pero nunca con hijos, no me imagino con hijos”.

Y bueno, como cualquier adolescente, Ángela también piensa en cosas no tan importantes.

“Me gusta mucho la música, el K-Pop. Me gusta mucho bailar. Hay una canción que se llama Time for the moon night, estoy como obsesionada con esa”.

Francis

Tomó sus cosas y ni siquiera se despidió. Con 16 años, Francis dejaba la casa de su abuela materna, donde había vivido casi un año. Estaba cansade* de la violencia, de las presiones, de la imposición agotadora de ser Francisca Paulina, la que en el camarín del colegio rompía a escondidas el cierre de la falda para poder ponerse buzo, la que los más grandes apuntaban diciendo “la niña-niño”, riéndose. Llegó a la casa de su papá y le dijo: “Quiero cortarme el pelo”. Así comenzó su transición para ser, no un niño, no una niña, solo Francis.

Sentade en el patio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, luce ese pelo. Muy corto por los lados, más largo arriba, desteñido. “Ya no se me forma ninguna infame ondulación”, dice, recordando su largo pelo crespo. “Si me dicen que con el pelo corto me parezco a mi mamá, bacán”, pensó cuando se vio al espejo por primera vez. “Pero si me dicen que me parezco aún más a mi papá, bien también, porque me puedo parecer a los dos. No tiene que ser uno u otro, puedo ser lo que yo quiera”, concluyó.

En febrero había comenzado su terapia hormonal y en marzo los cambios eran aún muy sutiles. “Como soy una persona no binarie, tomo bajas cantidades de testosterona. No van a ser grandes cambios, no es que me quiera ver como un hombre macho gigante. Me gusta mi contextura”. Sus compañeros de carrera, Antropología, le preguntaron entonces con qué pronombre tratarle. Era un giro en 180 grados, después de haber estudiado un año Sicología en la Universidad Finis Terrae, donde, dice, no eran muy tolerantes con las diversidades sexuales y se sintió incómode desde el primerdía. “Esa era mi idea de estar acá, que nadie me hinchara por ser yo”.

 “Uno no lo siente, pero después el pinchazo duele, porque te lo inyectan en el músculo, y duele como los mil demonios, y de repente estoy en la mañana ‘oh, por qué me tengo que pinchar, por qué, por qué, por qué’. Pero yo quiero hacer esto, es mi vida, no tengo por qué dejar que un pequeño dolor, que no se compara con otro tipo de dolores que he sentido en esta vida, vaya a detenerme”.

Y aunque acepta sin muchos reparos que la mayoría de las personas ocupen el pronombre masculino al hablarle, preferiría que fuera el neutro. Sabe que no siempre es fácil. Cuando va a la feria con su papá, y se encuentran con amigos, vecinos, él lo presenta como su hijo. “Como todos ellos sabían que tenía una hija y un hijo, le dicen ‘este es tu hijo menor’ y yo ‘oh… no’. A mi papá le cuesta explicarles lo del hije”, reconoce Francis.

Lleva anteojos, dos aros en la boca, una camisa estampada y un pantalón oscuro. “Sé que la gente me ve como un niño de 15 años, aunque tengo 20. Desde mi lado, solo puedo decirles no, yo no soy hombre ni mujer, soy yo. No tengo por qué obligarme a caer en tus estereotipos de género”.

Francis en el Parque Botánico de Ñuñoa.

El príncipe del tenis

A Francis le gustaba hacer deportes. Iba al parque con su papá y jugaban a la pelota. Nunca sintió que le impusieran un “género”, que le dijeran “esto es de niña, esto es de niño”. Con su hermano Alberto, dos años menor, compartían todo. “Tenía una cantidad enfermiza de peluches y en esa época había una fiebre por My Little Ponny, entonces los coleccionábamos. Pero también teníamos pelotas, autos y jugábamos con todo”. Además, Francis le heredaba su ropa, “por lo que tenía que ser bastante neutra”,explica.

Entrar al colegio fue un gran cambio. Eran muy binarios para todo, afirma. Las mujeres solo podían hacer cheerleaders, vóleibol o hockey. “No, eso es de hombres, no”, le dijo el profesor cuando, en tercero básico, pidió jugar básquetbol. El básquetbol, el fútbol y el rugby eran para los niños. “Yo quería con toda mi alma jugar básquetbol, me gustaban los deportes, era lo que me gustaba hacer”.

Cuando les contó a sus papás, ellos le consiguieron su propia pelota de básquetbol. “Compraron uno de esos aros de supermercado y lo instalaron en la pared. Yo podía jugar sin que ningún profesor viniera a decirme lo que era de hombre o de mujer”. Su hermano le regaló una pelota de fútbol americano. Así, se salió con la suya, dice.

Siempre ha sido fan del animé, de los cómics, de los “monitos”. Cuenta que se encerraba mucho en su mundo, leyendo, viendo tele, de Scooby Doo a Pokémon. Le gustaba una serie que se llamaba El príncipe del tenis. En ella había un personaje femenino, pero Francis pensaba que no se veía ni se vestía como esa chica. Quería ser como el príncipe del tenis. Su mamá le compró una raqueta.

Carpeta de Francis.

Afuera de su casa, sin embargo, Francis vivía las imposiciones de ser “una niña”. En el colegio, los profesores le llamaban la atención por jugar con los niños, cosas de niños. Tenía que ponerse vestido cada vez que visitaban a su abuela, quien pensaba que Fran (Francisca) no era un nombre suficientemente femenino, así que le decía por su segundo nombre, Paulina. En los actos del colegio, recuerda, la llamaba por ese nombre: “¡Paulina, Paulina!”, y Francis no se daba por aludide. “Los otros papás no entendían nada, decían, ‘no hay ninguna Paulina en el curso’”.

Francis y su hermano Alberto, en el Colegio Altamira.

Dice que vivió un bullying “discreto, pero constante”. Primero por el peso, luego por su expresión más “masculina”. Eran niñas dos o tres años más grandes, “mira, ahí va la niña-niño”, decían. “Una cosa específicamente dirigida a mí, un tipo de acoso que me molestaba harto, me cansaba”. Pero Francis era tranquile, no se metía en problemas. Hasta que un día, unos niños más grandes empezaron a molestar a Alberto. Decidide a defenderlo, terminó a golpes con ellos. Había tenido demasiada paciencia, pero con su hermano, no, pensó.

Al año siguiente, duró apenas una semana en ese colegio. Con el pelo corto y teñido, aros en la boca, el rechazo fue demasiado patente. “Era una realidad muy violenta, donde el más mínimo intento de ser diferente se reprimía”. Entonces se cambió al Altamira, ubicado en Peñalolén, donde terminó cuarto medio. A pesar de que aún no había hecho su tránsito, y pasó parte del año con depresión, dice que en ese colegio fue “extremadamente feliz”.

La ausencia de Mima

La mamá de Francis tenía párkinson. Marcelo, el papá de Francis, comenzó a notar sus temblores al poco tiempo de casarse. Ella decía que era solo el cansancio, hasta que se hizo evidente que no lo era. Sin embargo, era algo sutil, que no afectaba la rutina de la casa. “Era la típica vida de una familia de clase media donde los papás trabajan y los hijos estudian”, cuenta Francis.

Francis y Alberto junto a Elsa, su mamá. Crédito: Archivo personal.

Marcelo y “Elsita”, como le dice el papá de Francis, se conocieron de una manera poco convencional. Él, que venía de Puerto Montt, era cura franciscano, votos de pobreza incluidos. Ella estudiaba Sicología. Dios, cuenta Marcelo, le puso entonces una prueba. “Yo era machista, probablemente aún lo soy, y homofóbico, muy homofóbico. Mi superior, sin saberlo, me envió a trabajar con otro hermano, en la Recoleta Franciscana, apoyando a un grupo de enfermos de VIH. Eran casi todos homosexuales y yo estaba atacado”.

Conocerlos cambió su vida en muchos aspectos. “Entendí que hay que ser cristiano a la manera de Cristo, no a la manera de uno, interpretando a nuestra conveniencia. Si los creyentes pensamos que todo lo creado por Dios es bueno, estas personas también lo son”. Aún los recuerda con cariño, dice. En ese mismo tiempo, interesando por saber más del VIH, conoció a Elsa, que dictaba talleres al respecto, y se enamoraron.

Francis confiesa que su mamá, tal vez, lo protegió demasiado. Que lo dejó ser niño hasta ya muy grande. Una vez se pusieron a ver una película de Pokémon en la tele. “Había como un zorrito que hablaba y le decía a su mamá ‘mima’, mami al revés. Empezamos a decirle mima a mi mamá y ella lo repetía, me decía por teléfono ‘cómo es que no has llamado a tu mima’. Siempre pienso en ella como mima”.

Una semana antes de que Francis cumpliera 16, su mamá falleció sorpresivamente de una falla cardiaca. Temporalmente, se fue a vivir con su abuela, que vivía más cerca del colegio. Pero no soportó mucho tiempo. “Se volvió muy agresiva conmigo, porque yo no era lo que ella quería”.

“Mi papá me regaló unas zapatillas de trekking y eran zapatillas rojas, es mi color favorito. Y llega mi abuela y puso el grito en el cielo. ‘No, es que esas son de hombre, tienes que ir a cambiarlas altiro’, y me hizo cambiar las zapatillas por unas zapatillas rosadas. Las usé una vez y las escondí al fondo del clóset”.

“Nuestra vida dio un vuelco y estuvimos separados por un tiempo”, cuenta Marcelo. Reconoce que le falta su otra mitad, el cable a tierra de la familia, pero siente que Dios lo preparó para asumir esta situación. “Quizás ellos sentían que su mamá era más tolerante al momento de conocer sus realidades, por lo que he intentado escucharlos y reaccionar de manera acogedora y calma”. Al poco tiempo de que Francis le contara que era trans, Alberto se atrevió a decirle que era gay.

Cuando Francis salió del colegio, su papá le regaló un “Libro de aventuras”, inspirado en la película animada Up. Escrito a mano por él, con letras dibujadas de distintos colores, y fotos antiguas, iba contándole su vida. “¡Crecí, qué lata!”, dice una de las páginas.

Ahora los tres viven juntos en Macul. Su papá, que hacía clases de religión, trabaja hoy manejando micros. “Es triste, pero ahí gana más plata”, dice Francis. Marcelo los va a dejar y a buscar a todos lados. Explica que no desconfía de ellos, sino del resto. Recuerda lo que le pasó a Daniel Zamudio y se preocupa, se angustia. “Siempre estoy con temor, no quiero que nadie les haga daño porque son diferentes”, confiesa. Siente la doble responsabilidad de continuar la tarea de “Elsi” y redobla sus esfuerzos para cuidarlos.

Alberto está en cuarto medio, en el Altamira, y Francis ya cursa su segundo semestre de Antropología. Participó, aunque no tan activamente, de la toma feminista de su facultad. “Gracias a mis compañeras he aprendido que sus consignas no distan tanto de las del movimiento trans. Últimamente me he cuestionado mucho que yo, por estar cambiando a una expresión de género más masculina, tenga más privilegios. Eso es muy injusto”, reflexiona. Lentamente, ha ido desarrollando su lado más activista, y es parte de un pequeño colectivo de personas de género no binarie llamado Neutres.

A veces, Francis se coloca algunas prendas de su mamá. “Si me regalan una polera azul con florcitas, por ejemplo, yo me la voy a poner sin problemas”. Ser no binarie, explica, lo libera de esos límites. “Sigo teniendo dolores menstruales y no pasa nada, estoy súper feliz con mis genitales”. A veces, sí, piensa en hacerse una mastectomía, pero no tiene ningún apuro, aclara.

Se reconoce afortunade, porque su papá le ha apoyado en todo. “Conozco otros chiques que los han echado de sus casas y eso me frustra mucho”.

  • ¿Qué es lo que más te molesta?
  • En resumen, me molesta la violencia humana, inherentemente humana, a lo diferente.

*Nota del autor: Como una concesión editorial, y para respetar el género no binarie de Francis, este texto fue escrito usando lenguaje inclusivo.

Martín

Martín quiere jugar a la pelota sin polera. En la cancha de tierra donde juega con sus primos, Martín es el mejor. Martín escoge con quién jugar.

El problema es que, para todos los demás, Martín es Camila. Así que hay que ponerse la polera y dejar que los niños jueguen. Porque eso, eso no es para niñas, dice su mamá, y en un baile interminable, de ires y venires, Martín crece; sacándose la polera, poniéndose la polera, sacándose la polera, poniéndose la polera. Y siempre, volviendo a la cancha, sin entender por qué eso podría estar mal.

“Yo me sentía cómodo actuando como actuaba, pero todo el mundo lo rechazaba”, dice Martín, hoy de 30 años. Nunca una pelota de regalo, menos zapatos de fútbol. Solo patines rosados, tacitas para tomar el té y muñecas que se acumulaban al fondo de un clóset. Juntando polvo.

“La única muñeca que tuve fue la Rosalba, que era como alta, decían que era como mi polola”.

Apenas tuvo edad para hacer valer su voluntad, Martín desechó los colores pasteles y los vuelitos. “Peleaba, buscaba la ropa más masculina posible”. Ya a los 13 empezó a comprarse ropa de hombres. Era incómodo, confiesa, ir a probarse unos jeans, pero lo hacía igual, a pesar de sentir, a veces, un poco de vergüenza o de miedo. “Había un montón de otras cosas que me hubiera comprado, pero no me las iba a probar, así que desistía”.

Medallas. Unas ocho medallas cuelgan en la pieza de Martín como recuerdo de los mejores momentos de su adolescencia. Está ahí la del campeonato nacional de básquetbol de 2002, en Valdivia, que ganó con la selección del Liceo Carmela Carvajal. El básquetbol era su refugio, su excusa para ir con buzo todos los días al colegio y el deporte que lo acompañó durante su enseñanza media, “porque jugar fútbol… eso ni siquiera era una opción en el Carmela”, dice.

Jugar básquetbol y pololear. Ese era el fuerte de Martín en el liceo. Se ríe. Dice con orgullo (quizás más orgullo que el de las ocho medallas) que “le iba bien con las chiquillas”. Muchas, la mayoría, no eran lesbianas. Teoriza: quizás él generaba otra energía y ellas lo percibían.

Martín con su anuario de cuarto medio.

Pero no siempre se sintió cómodo. “A veces no entendía nada”, dice, recordando cómo sus compañeras se maquillaban en el baño antes de salir de clases, para verse con los chicos de otros colegios. Por su comportamiento “poco femenino”, su profesora jefa le llamó al apoderado, para advertirle que Martín (Camila) se comportaba “rara”.

Al tiempo que la mayoría de sus amigas salían a juntarse con estudiantes del Instituto Nacional, el Lastarria o el Amunátegui, Martín decidía declararse lesbiana. Era el primer paso, el gesto primigenio de emancipación de todo lo que, sentía, había reprimido. Estaba en tercero medio y fue a su primera marcha gay.

Un mohicano

“Me quiero hacer un mohicano”, le dijo Martín a su hermano menor. Era julio de 2017 y manejaba camino al restaurante de sus papás, ubicado en Providencia. A pesar de ser invierno, el sol brillaba y se sentía especialmente optimista después de varios meses. En febrero había terminado una relación de ocho años y regresado a la casa de sus papás. Estaba atravesando una profunda depresión.

Martín se había titulado de ingeniero comercial luego de pasar por la carrera de piloto comercial. Su papá quería poner un local, el que Martín se ha dedicado a administrar desde entonces. “Le regalé el cartón a mi viejo, porque él siempre me ha protegido y ha estado conmigo”, dice. Su papá lo había aceptado como realmente era más que nadie. “Él me trató siempre como hombre, me llevaba a maestrear y me enseñaba todas esas cosas”.

Martín en su pieza, en la casa de sus papás.

“¡Dale!” -le respondió su hermano, cinco años menor- “anda a cortarte el pelo”. 

Así que entró a la peluquería, una que estaba a solo pasos del local de sus papás. “Necesito un mohicano”, dijo. El peluquero lo quedó mirando con extrañeza, como preguntándose qué le había pasado. “¿Es la primera vez que te haces uno?”, le consultó. Martín le dijo que sí, con tono decidido. Entonces le pelaron ambos costados, dejándole el resto de su melena intacta.

Martín siente que ese fue el día en que empezó a transicionar.

  • ¿Cómo reaccionó tu mamá?
  • ¡Se le cayó el pelo! Pero ahí me di cuenta de que daba lo mismo lo que yo hiciera, se le iba a caer igual y yo tenía que vivir mi vida.

Fueron largos meses de terapia para entenderlo: “No era mi tarea hacerla sentir satisfecha, y nadie se iba a morir porque yo hiciera mi transición. Eso cuesta mucho aceptarlo, de verdad cuesta”, explica. Pero ya llevaba demasiado tiempo buscando excusas para postergarlo: salir del colegio, de la universidad, independizarse… “hasta que llega un punto en que no puedes más”.

“Llegó un punto en que dije ‘o lo hago o me mato’. Si por eso es, llegas al borde, tienes que llegar al borde, porque si no, no lo haces, porque la presión es mucha”.

El siguiente paso era contarlo. Le tomó alrededor de seis meses escribir una carta. “No me quería dispersar”, dice. La escribió, la acortó, y una tarde, cuando ya se sentía listo, reunió a toda la familia en el comedor. La leyó de corrido, aunque a ratos se le quebraba la voz. “Es más simple ponerse la carta al frente, leer, leer, que nadie te interrumpa, y después ves las reacciones”.

La carta que Martín le leyó a su familia.

“Creo que todavía siente vergüenza”, dice Martín al hablar de su mamá. Es una mujer cerrada, de campo, nunca han tenido la mejor comunicación. Recién cuando tenía 22 años le dijo que era lesbiana y fue un enorme shock para ella. “Subí una foto a mi Facebook dándome un beso con mi polola. Me dijo ‘tú felicidad me hace daño’. ¿No se supone que los papás son felices cuando ven a sus hijos felices?”, se pregunta. 

¿Qué le dirías a tu mamá?
“Que la amo mucho y que espero que ella también me ame mucho a mí”.

En gestación

Ciento 70 mil pesos. Eso cuesta la dosis de hormonas que Martín se inyecta cada tres meses. La primera fue el 6 de febrero de este año, seis meses después de haberle leído la carta a su familia. Durante un par de semanas se había paseado con los folletos que le entregaron en la OTD (Asociación Organizando Trans Diversidades), donde recibió una asesoría sobre cómo transicionar.

“Vas al endocrinólogo, te pide unos exámenes, certificados sicológicos y siquiátricos. Si tienes la plata, el trámite es bastante sencillo”, explica. Los cambios se sienten rápidamente: el mentón, la voz, los pelos, el sudor… “tienes que ir adaptándote”. Quizás lo que más le ha llamado la atención es la impulsividad. “Es como tener 15 años de nuevo. A veces me miro y me da vergüenza enojarme tanto, o me da pena. El cambio hormonal es intenso”, explica.

Ya llevaba un tiempo buscando nombres. No quería pasar de Camila a Camilo, como muchos sugirieron. Si te vas a cambiar el nombre, que sea por uno que te guste, ¿no?, afirma. Hizo una lista en el celular que cada cierto tiempo miraba. “Descarté todos los religiosos, todos los del círculo familiar. Finalmente, escogí Martín y, cuando me llamaron por ese nombre, me llevó a mi infancia. Me gustó. Primera vez que me llenaba mi nombre”.

Martín Flores

Su mamá le ha dicho Martín solo dos veces, “y cuando está enojada conmigo me dice Camila con más ganas”. Aún, si escucha que alguien lo llama por Camila, se voltea a mirar, pero ya lo hace también cuando le gritan Martín. Sus trabajadores, cuenta, corrigen a su mamá para que le diga por su nuevo nombre. Ya va a cumplir nueve meses de tratamiento hormonal, tiempo que decidió darle a su mamá para que se adapte al cambio. “A fin de cuentas, le está naciendo un nuevo hijo, entonces me pareció un tiempo razonable para que lo entienda y lo acepte”.

  • ¿Y después?
  • Después no sé si tendré tanta paciencia.

Al tiempo que comenzó a inyectarse hormonas, Martín empezó a pololear con Macarena Corvalán, técnico en enfermería de 21 años y a quien ya conocía hace seis. “La Maca me conoció como Camila, pero cuando le dije que iba a transicionar le hizo todo el sentido. Me ha apoyado mucho”, dice. De hecho, es quien le coloca las inyecciones de testosterona cada tres meses. Ella explica que siempre lo vio como hombre. “Recuerdo que cuando se cortó el pelo pensé ‘guau, se ve guapo’”.

“A mí no me incomoda decir que soy pareja de Martín y que Martín era mujer antes, no hay para mí un tabú”.
Martín con su polola, Macarena.

La pareja posa en el patio de la casa de los papás de Martín. Macarena reflexiona sobre cómo él ha cambiado en estos meses. “Siento que con la transición su confianza ha aumentado, porque está siendo lo que siempre quiso ser. Conmigo se siente más libre y feliz, porque en su familia no todos han aceptado su cambio”.

“Es mi mamá y mi hermana, las mujeres de la familia, a las que les ha costado más”, acota Martín. Por mi hermano me he sentido muy apoyado.

  • ¿Cómo ha reaccionado tu papá?
  • Creo que para él ha sido muy… lógico. Él no tiene problemas, pero a veces siento que le resguarda mucho la burbuja a mi madre y eso me da rabia.
  • ¿Te da rabia su actitud?
  • Es que con las hormonas, todas las emociones se intensifican. ¡Hoy estoy lo más enojado que he estado en mi vida!

El acusete

El carné es el acusete, dice Martín. Si no fuera por él, la mayoría no se enteraría que alguna vez existió Camila. Le gusta poner a la gente a prueba, observar sus reacciones: sorpresa, vergüenza, molestia son las que más se repiten. Se negó a pasar por el engorroso trámite legal para cambiar su nombre y sexo registral, y espera hacerlo ahora, con la nueva Ley de Identidad de Género.

Cada día es un nuevo desafío. Ir al médico, por ejemplo, es complicado. “¿Tú crees que voy a ir al ginecólogo? Nunca sé cómo va a reaccionar el médico. Yo le pido a mi polola que me acompañe, entonces llaman a Camila Flores y me paro con ella, paso piola, pero por qué tiene que ser así”. Cuenta que ya tiene cotizada la mastectomía, pero está esperando terminar el proceso hormonal antes de considerar cualquier otra intervención.

“Yo siento que en realidad no tengo que demostrarle a nadie lo que yo quiero hacer con mi apariencia y con mi cuerpo, sino que finalmente el Estado tiene que reconocer los distintos tipos de personas que existimos”.

Hace unos meses quería hacer una reparación en el restaurante y fue a comprar un saco de cemento al Sodimac. “Yo siempre me las arreglé sola, incluso de Camila, pero no tengo la fuerza que tiene un hombre para subir un saco de cemento al auto”. ¿Cómo pedirle ayuda a alguien, siendo hombre? No podía, explica. “Ahí lo subí, arrastrando, pero lo logré”.

Es que Martín no quiere ser “un hombre”. “Me defino como un hombre trans y un feminista arraigado, porque yo viví el machismo en carne propia. Cuando niño reclamaba por qué no podía jugar a la pelota, si yo jugaba la raja. ¿Solo por ser mujer? Eso me ayudó a entender el feminismo”.

Por supuesto, hay momentos graciosos. Como cuando lo llaman para cobrarle o venderle cosas.

  • Aló, señorita, Camila.
  • Sí, con él…

“Y me cortan. Deben creer que los estoy molestando, pensarán que le robaron el teléfono a Camila. Así que no me cobran, ni me venden nada”.

Ámbar

Se llamaba Cristóbal y fue su primer amor. Tenían solo cinco años. Lo seguía al baño y lo miraba risueña mientras jugaban. Soñaba con abrazarlo y darle besos. Pero Ámbar, que entonces era Diego, se cuestionaba en soledad: “¿Por qué me gusta un niño?”. No era normal sentir eso, si él tenía una mamá mujer y un papá hombre. “Quizás porque desde siempre me sentí una niña”, conjetura ahora, con 22 años, sentada en un café de Providencia.

Se acomoda su pelo castaño rojizo cada cierto rato. Un poco cuidándolo, un poco luciéndolo. Maquillaje impecable, pero sutil. En una fresca tarde de agosto lleva una polera corta y ajustada que deja el ombligo y los brazos al descubierto. Y no, no siente frío, siempre fue “como de sangre caliente”, dice, y se ríe, tan risueña como esa niña enamorada del kínder. Detiene la conversación y come un pedazo de pizza.

La acompaña Nicole Murillo, coordinadora de la Oficina de la Diversidad de la Municipalidad de Quilicura, comuna donde Ámbar ha vivido toda su vida. Explica que vino con ella porque necesitaba un “apoyo moral” para contar su historia, y porque a esta altura ya son amigas. Lleva un año y siete meses tomando hormonas y su vida ha cambiado completamente. “Estoy conociendo una felicidad que antes no conocí. Me siento completa”.

Ámbar en Quilicura.

Diegui el rebelde

Ámbar siempre fue Diegui para todos, nunca Diego. Dibujaba su nombre con lápices rosados. Ya a los seis, siete años, posaba en las fotos imitando a sus tías y a sus ídolas, Shakira, Britney Spears, Thalía. Las encontraba estupendas y quería ser como ellas. Le gustaba ver Rebelde, esa telenovela mexicana donde las colegialas llevan botas de cuero, faldas cortísimas y mucho maquillaje. Sentirse atraída a todas esas cosas femeninas le provocaba, al mismo tiempo que placer, enorme frustración.

En el colegio. Crédito: Archivo personal.

Entrar al colegio fue la confirmación de esta sensación de desacomodo. “Ya en primero básico me discriminaban, porque era muy femenina para mis cosas”. Le decían “el niño gay”, pero sus profesores la protegían y retaban a los compañeros que la molestaban. “Trataban de frenar el bullying, que no llegara más allá”, explica. A medida que iba creciendo con el mismo grupo de compañeros, las bromas fueron bajando, pero fue creciendo la incomodidad, la rabia y la rebeldía.

“A todo decía no, me portaba súper mal y tenía como cinco hojas de anotaciones negativas. Necesitaba como encontrarme”, cuenta Ámbar intentando buscar una explicación a su comportamiento. A veces, soñaba con irse a dormir y despertar siendo mujer. En otras ocasiones, casi como conformándose, el sueño era diferente: se despertaba y le gustaban las mujeres. A los 11 años, cuando estaba en sexto básico, dice que finalmente “lo aceptó”. “Me dije ya, soy gay”.

Al año siguiente la echaron del colegio. 

Llegó en marzo a otro establecimiento, “el que me aceptó”. Ahí conoció a otros chicos gay y, dice, “se me soltaron las trenzas”. Estaba entrando en la adolescencia y la relación con su mamá comenzó a tensionarse. “Mi mamá sufrió bastante. No tanto porque yo fuera femenina, sino porque carreteaba mucho”. Ella le daba permiso para salir un día el fin de semana, pero Ámbar desaparecía viernes, sábado y hasta domingo. Bebía y fumaba en exceso. Mirando hacia atrás, piensa que la búsqueda se transformó en autodestrucción.

 Aunque había besado a algunos niños antes, incluso tuvo algunas pololas, “a las que me daba asco darles besos”, fue en esa época cuando empezó a tener sus primeras relaciones con hombres. A los 14 tuvo un pololo y duró como un año, recuerda. 

“Diego, ¿eres gay?”, le preguntaba cada cierto tiempo su mamá.  “No, mamá”, respondía Ámbar una y otra vez. En su cabeza retumbaba un “dile, dile que eres gay”, pero tenía demasiado miedo como para pronunciar esas palabras. Incluso, habiendo aceptado su homosexualidad, y habiéndose dicho a sí misma que no le importaba lo que el resto opinara, si su familia la apoyaba o no, era una exposición para la que no estaba lista.

Hasta que un día, cuando tenía 15 años, su mamá le preguntó por última vez:

  • Diego, ¿eres gay?
  • Sí, mamá, soy gay.
Ámbar en la casa de su abuela mirando fotos.

Ámbar abandonó la casa de su mamá, donde vivía con sus dos hermanas, y se fue a vivir con abuela materna, Juana María. Mientras que en la casa de su mamá se travestía a escondidas –se ponía la ropa de su hermana mayor, los tacones de su mamá y una toalla en la cabeza, como pelo–, donde su abuela podía hacerlo sin ningún reproche. Ayudaba a su abuela a hacer el aseo y a cocinar vestida de mujer, incluso a veces salía a comprar o con amigos usando vestido, maquillada.

¿Cómo ocupabas el uniforme?
“Lo ajustaba entero, totalmente, de los calcetines hasta no sé, la camisa, todo ajustado. Sí, los pantalones como calzas, las camisas apretadas, las poleras megaapretadas. Yo a mano, mi mamá me las ajustaba a máquina de repente”.

Cuando se había liberado todo lo que podía, vino un repliegue. Se preguntó si acaso debía intentar ser un “hombre”. “Si el destino me había mandado niño, sería tal vez por algo”, pensó. Al menos, tenía que probar cómo se sentía. Se dejó barba, empezó a ocupar ropa más suelta. No le gustó.

“No era lo mío, realmente no me salió, no me sentía yo”.

Repitió tercero medio tres veces, la última vez adrede, y terminó la enseñanza media en un 2×1, a los 18. Fueron tiempos complicados para Ámbar. Le costaba encontrar trabajo, piensa ella porque se veía muy femenina. Se topó entonces con unos videos de YouTube donde chicas trans mexicanas mostraban mes a mes su transición y el efecto que las hormonas tenían en sus cuerpos. Dice que recién ahí supo lo que era ser transgénero. “Yo no quería ser un hombre vestido de mujer y no sabía que podía tomar hormonas”. 

Le tomó dos años asumir lo que quería hacer. Se preguntaba qué dirían sus papás, qué pasaba si se arrepentía. No quería ir a un sicólogo. Finalmente, se preguntó: “Ya, Diego, ¿tú qué quieres ser? ¿Quieres ser mujer o quieres ser un niño gay?”.

“Y opté por ser mujer”.

Certificado en mano

La mamá de Ámbar tuvo un sueño. “Hace un par de días soñé que te ibas a poner pechugas”, dijo el día que Ámbar le contó que era transgénero. Ella llevaba en sus manos un certificado que le había entregado la sicóloga, en la consejería que realizó. “Necesitaba un respaldo, que no pensaran que esto era una monería, algo temporal, como ser Pokémon”. Ámbar se puso a llorar. Le siguió su mamá. Después su hermana menor. Le dijeron que la iban a apoyar y entonces ella comenzó su tránsito.

Pidió hora con un endocrinólogo que le recomendaron, en un centro médico privado. “Porque en la salud pública estaría esperando un año para tener hora con él”, dice. Su papá, que vive en Calama, le ha pagado las consultas y los exámenes, aunque ella se paga las hormonas. Pese a que siempre la ha apoyado económicamente, le ha costado mucho aceptar la transición de Ámbar. “Me dijo que el culo era mío y que yo hacía lo que quería con él, que no se iba a meter en lo que yo quisiera ser”.

Ámbar volvió a la casa de su mamá, pero cada cierto tiempo visita a su abuela para celebrar el avance de su tratamiento y los cambios que va notando. Siente que ha cambiado bastante, pero sabe que aún le falta mucho. “Creo que recién a los dos años voy a ver cambios más drásticos”. A ratos se siente sensible, “como cuando las mujeres andan con la regla”, y se pone a llorar por “cosas tontas”.

¿Te imaginas teniendo pareja como Ámbar?
De hecho, en mi vida nunca me he enamorado, pero tampoco me cierro a hacerlo, pero por el momento no quiero, solamente quiero dedicarme a mí, a mi felicidad, a crecer profesionalmente.

Actualmente, Ámbar no trabaja. Dice que está “preocupándose de su bienestar”, después de mucho tiempo. No más autodestrucción. Está tramitando su cambio de nombre y sexo registral con una abogada de la Fundación Probono (no quiso esperar la Ley de Identidad de Género), y una vez que eso esté listo quiere estudiar algo relacionado con salud y cosmetología. 

“Es difícil encontrar trabajo así. Imagínate que era difícil cuando yo era un ‘niño femenino’, pero ahora siendo trans, y con mi carné de hombre, peor aún”. Por eso, explica, cuando se titule quiere emprender, tener su propio centro de estética, un spa, “algo así”. Ser independiente, manejar sus horarios y no darle explicaciones a nadie.

En agosto hizo el peritaje sexológico y sicológico en el Servicio Médico Legal, después de cuatro meses de espera. Le da lata el trámite, pero sobre todo “tener que certificar poco menos que no estás cagada de la cabeza para que te puedan cambiar el sexo, cuando yo me siento una persona normal, con todas mis capacidades intactas”.

  • ¿Qué otros cambios quieres hacer?
  • Me quiero poner pechugas y hacerme la rinoplastía. Y ya después darme un gustito, como ponerme trasero, algo así.
  • ¿Y una cirugía de transformación genital?
  • Yo no me quiero hacer una cirugía de reasignación de sexo. Tener pene no me hace ni menos ni más mujer, la verdad. Me gusta ser como del tercer sexo. Pasar a ser normal, una mujer binaria, con vagina, qué fome. Me gusta ser así, ser más exótica, más llamativa.
“Ser trans es el doble de peor de difícil, de repente tienes que soportar los gritos, que te molestan, que se ríen de ti, que te acosan, que te muestren el pene, que esto, que esto otro, entonces a veces creo que la mujer cisgénero se queja mucho… menos mal que no está en los zapatos de una trans, porque si no, se muere, porque es súper difícil se trans acá en Chile”.

Hay un tono de desafío en las palabras de Ámbar. Dice que sí, que se le nota a kilómetros que es trans y qué. No quiere “pasar piola”, le gusta que piensen que es mujer, pero también le gusta que sepan que era hombre. Muchas veces, esto le ha traído problemas. Ya casi no le gritan “gay” o “maricón”, pero ahora la acosan. “Me han seguido tipos masturbándose, me han ofrecido sexo muchas veces en la calle, una noche regresando a mi casa un tipo me agarró por detrás y me quería como violar”.

  • ¿Qué hiciste?
  • Le pegué un combo. Quedó tan choqueado que me dejó y se fue.
  • ¿Tuviste miedo?
  • Cero miedo. A mí si en la calle me gritan cosas, yo me devuelvo a encararlos. Que me lo digan a la cara. Y si me quieren pegar, que me peguen, me da lo mismo.

Muchas cosas han cambiado, pero Ámbar sigue siendo igual de rebelde que Diegui.