Martín quiere jugar a la pelota sin polera. En la cancha de tierra donde juega con sus primos, Martín es el mejor. Martín escoge con quién jugar.

El problema es que, para todos los demás, Martín es Camila. Así que hay que ponerse la polera y dejar que los niños jueguen. Porque eso, eso no es para niñas, dice su mamá, y en un baile interminable, de ires y venires, Martín crece; sacándose la polera, poniéndose la polera, sacándose la polera, poniéndose la polera. Y siempre, volviendo a la cancha, sin entender por qué eso podría estar mal.
“Yo me sentía cómodo actuando como actuaba, pero todo el mundo lo rechazaba”, dice Martín, hoy de 30 años. Nunca una pelota de regalo, menos zapatos de fútbol. Solo patines rosados, tacitas para tomar el té y muñecas que se acumulaban al fondo de un clóset. Juntando polvo.
Apenas tuvo edad para hacer valer su voluntad, Martín desechó los colores pasteles y los vuelitos. “Peleaba, buscaba la ropa más masculina posible”. Ya a los 13 empezó a comprarse ropa de hombres. Era incómodo, confiesa, ir a probarse unos jeans, pero lo hacía igual, a pesar de sentir, a veces, un poco de vergüenza o de miedo. “Había un montón de otras cosas que me hubiera comprado, pero no me las iba a probar, así que desistía”.

Medallas. Unas ocho medallas cuelgan en la pieza de Martín como recuerdo de los mejores momentos de su adolescencia. Está ahí la del campeonato nacional de básquetbol de 2002, en Valdivia, que ganó con la selección del Liceo Carmela Carvajal. El básquetbol era su refugio, su excusa para ir con buzo todos los días al colegio y el deporte que lo acompañó durante su enseñanza media, “porque jugar fútbol… eso ni siquiera era una opción en el Carmela”, dice.
Jugar básquetbol y pololear. Ese era el fuerte de Martín en el liceo. Se ríe. Dice con orgullo (quizás más orgullo que el de las ocho medallas) que “le iba bien con las chiquillas”. Muchas, la mayoría, no eran lesbianas. Teoriza: quizás él generaba otra energía y ellas lo percibían.

Pero no siempre se sintió cómodo. “A veces no entendía nada”, dice, recordando cómo sus compañeras se maquillaban en el baño antes de salir de clases, para verse con los chicos de otros colegios. Por su comportamiento “poco femenino”, su profesora jefa le llamó al apoderado, para advertirle que Martín (Camila) se comportaba “rara”.
Al tiempo que la mayoría de sus amigas salían a juntarse con estudiantes del Instituto Nacional, el Lastarria o el Amunátegui, Martín decidía declararse lesbiana. Era el primer paso, el gesto primigenio de emancipación de todo lo que, sentía, había reprimido. Estaba en tercero medio y fue a su primera marcha gay.
Un mohicano
“Me quiero hacer un mohicano”, le dijo Martín a su hermano menor. Era julio de 2017 y manejaba camino al restaurante de sus papás, ubicado en Providencia. A pesar de ser invierno, el sol brillaba y se sentía especialmente optimista después de varios meses. En febrero había terminado una relación de ocho años y regresado a la casa de sus papás. Estaba atravesando una profunda depresión.
Martín se había titulado de ingeniero comercial luego de pasar por la carrera de piloto comercial. Su papá quería poner un local, el que Martín se ha dedicado a administrar desde entonces. “Le regalé el cartón a mi viejo, porque él siempre me ha protegido y ha estado conmigo”, dice. Su papá lo había aceptado como realmente era más que nadie. “Él me trató siempre como hombre, me llevaba a maestrear y me enseñaba todas esas cosas”.

“¡Dale!” -le respondió su hermano, cinco años menor- “anda a cortarte el pelo”.
Así que entró a la peluquería, una que estaba a solo pasos del local de sus papás. “Necesito un mohicano”, dijo. El peluquero lo quedó mirando con extrañeza, como preguntándose qué le había pasado. “¿Es la primera vez que te haces uno?”, le consultó. Martín le dijo que sí, con tono decidido. Entonces le pelaron ambos costados, dejándole el resto de su melena intacta.
Martín siente que ese fue el día en que empezó a transicionar.
- ¿Cómo reaccionó tu mamá?
- ¡Se le cayó el pelo! Pero ahí me di cuenta de que daba lo mismo lo que yo hiciera, se le iba a caer igual y yo tenía que vivir mi vida.
Fueron largos meses de terapia para entenderlo: “No era mi tarea hacerla sentir satisfecha, y nadie se iba a morir porque yo hiciera mi transición. Eso cuesta mucho aceptarlo, de verdad cuesta”, explica. Pero ya llevaba demasiado tiempo buscando excusas para postergarlo: salir del colegio, de la universidad, independizarse… “hasta que llega un punto en que no puedes más”.
El siguiente paso era contarlo. Le tomó alrededor de seis meses escribir una carta. “No me quería dispersar”, dice. La escribió, la acortó, y una tarde, cuando ya se sentía listo, reunió a toda la familia en el comedor. La leyó de corrido, aunque a ratos se le quebraba la voz. “Es más simple ponerse la carta al frente, leer, leer, que nadie te interrumpa, y después ves las reacciones”.

“Creo que todavía siente vergüenza”, dice Martín al hablar de su mamá. Es una mujer cerrada, de campo, nunca han tenido la mejor comunicación. Recién cuando tenía 22 años le dijo que era lesbiana y fue un enorme shock para ella. “Subí una foto a mi Facebook dándome un beso con mi polola. Me dijo ‘tú felicidad me hace daño’. ¿No se supone que los papás son felices cuando ven a sus hijos felices?”, se pregunta.
“Que la amo mucho y que espero que ella también me ame mucho a mí”.
En gestación
Ciento 70 mil pesos. Eso cuesta la dosis de hormonas que Martín se inyecta cada tres meses. La primera fue el 6 de febrero de este año, seis meses después de haberle leído la carta a su familia. Durante un par de semanas se había paseado con los folletos que le entregaron en la OTD (Asociación Organizando Trans Diversidades), donde recibió una asesoría sobre cómo transicionar.
“Vas al endocrinólogo, te pide unos exámenes, certificados sicológicos y siquiátricos. Si tienes la plata, el trámite es bastante sencillo”, explica. Los cambios se sienten rápidamente: el mentón, la voz, los pelos, el sudor… “tienes que ir adaptándote”. Quizás lo que más le ha llamado la atención es la impulsividad. “Es como tener 15 años de nuevo. A veces me miro y me da vergüenza enojarme tanto, o me da pena. El cambio hormonal es intenso”, explica.
Ya llevaba un tiempo buscando nombres. No quería pasar de Camila a Camilo, como muchos sugirieron. Si te vas a cambiar el nombre, que sea por uno que te guste, ¿no?, afirma. Hizo una lista en el celular que cada cierto tiempo miraba. “Descarté todos los religiosos, todos los del círculo familiar. Finalmente, escogí Martín y, cuando me llamaron por ese nombre, me llevó a mi infancia. Me gustó. Primera vez que me llenaba mi nombre”.

Su mamá le ha dicho Martín solo dos veces, “y cuando está enojada conmigo me dice Camila con más ganas”. Aún, si escucha que alguien lo llama por Camila, se voltea a mirar, pero ya lo hace también cuando le gritan Martín. Sus trabajadores, cuenta, corrigen a su mamá para que le diga por su nuevo nombre. Ya va a cumplir nueve meses de tratamiento hormonal, tiempo que decidió darle a su mamá para que se adapte al cambio. “A fin de cuentas, le está naciendo un nuevo hijo, entonces me pareció un tiempo razonable para que lo entienda y lo acepte”.
- ¿Y después?
- Después no sé si tendré tanta paciencia.
Al tiempo que comenzó a inyectarse hormonas, Martín empezó a pololear con Macarena Corvalán, técnico en enfermería de 21 años y a quien ya conocía hace seis. “La Maca me conoció como Camila, pero cuando le dije que iba a transicionar le hizo todo el sentido. Me ha apoyado mucho”, dice. De hecho, es quien le coloca las inyecciones de testosterona cada tres meses. Ella explica que siempre lo vio como hombre. “Recuerdo que cuando se cortó el pelo pensé ‘guau, se ve guapo’”.

La pareja posa en el patio de la casa de los papás de Martín. Macarena reflexiona sobre cómo él ha cambiado en estos meses. “Siento que con la transición su confianza ha aumentado, porque está siendo lo que siempre quiso ser. Conmigo se siente más libre y feliz, porque en su familia no todos han aceptado su cambio”.
“Es mi mamá y mi hermana, las mujeres de la familia, a las que les ha costado más”, acota Martín. Por mi hermano me he sentido muy apoyado.
- ¿Cómo ha
reaccionado tu papá? - Creo que para él ha sido muy… lógico. Él no tiene problemas, pero a veces siento que le resguarda mucho la burbuja a mi madre y eso me da rabia.
- ¿Te da rabia su actitud?
- Es que con las hormonas, todas las emociones se intensifican. ¡Hoy estoy lo más enojado que he estado en mi vida!
El acusete
El carné es el acusete, dice Martín. Si no fuera por él, la mayoría no se enteraría que alguna vez existió Camila. Le gusta poner a la gente a prueba, observar sus reacciones: sorpresa, vergüenza, molestia son las que más se repiten. Se negó a pasar por el engorroso trámite legal para cambiar su nombre y sexo registral, y espera hacerlo ahora, con la nueva Ley de Identidad de Género.

Cada día es un nuevo desafío. Ir al médico, por ejemplo, es complicado. “¿Tú crees que voy a ir al ginecólogo? Nunca sé cómo va a reaccionar el médico. Yo le pido a mi polola que me acompañe, entonces llaman a Camila Flores y me paro con ella, paso piola, pero por qué tiene que ser así”. Cuenta que ya tiene cotizada la mastectomía, pero está esperando terminar el proceso hormonal antes de considerar cualquier otra intervención.
Hace unos meses quería hacer una reparación en el restaurante y fue a comprar un saco de cemento al Sodimac. “Yo siempre me las arreglé sola, incluso de Camila, pero no tengo la fuerza que tiene un hombre para subir un saco de cemento al auto”. ¿Cómo pedirle ayuda a alguien, siendo hombre? No podía, explica. “Ahí lo subí, arrastrando, pero lo logré”.
Es que Martín no quiere ser “un hombre”. “Me defino como un hombre trans y un feminista arraigado, porque yo viví el machismo en carne propia. Cuando niño reclamaba por qué no podía jugar a la pelota, si yo jugaba la raja. ¿Solo por ser mujer? Eso me ayudó a entender el feminismo”.
Por supuesto, hay momentos graciosos. Como cuando lo llaman para cobrarle o venderle cosas.
- Aló, señorita, Camila.
- Sí, con él…
“Y me cortan. Deben creer que los estoy molestando, pensarán que le robaron el teléfono a Camila. Así que no me cobran, ni me venden nada”.












