Katty

Caminando por 10 de Julio, buscando una farmacia que no existía, Katty dio sus primeros pasos por las calles de Santiago como mujer. El 29 de diciembre de 1968 cumplía 18 años, y de regalo había recibido una falda y unos zapatos con taco alto. Aún con el pelo corto, apenas podía hacerse un moño arriba, pasó desapercibida entre los transeúntes, en un extraño rito de iniciación inventado por las travestis del barrio San Camilo.

“Querían ver qué me pasaba, si me descubrían o no. Después estaban arrepentidas, preocupadas de que me fuera a pasar algo, de que me llevaran presa”.

Katty empezó a vestirse de mujer en las noches. En el día seguía vestida “de civil”. Hasta entonces, era conocida como el “Parra” (su apellido) o Megaterio (haciendo alusión a unos huesos de dinosaurio que habían sido encontrados, porque ella era tan flaca que estaba también en los huesos). Pero había un programa en la tele, recuerda, “La tía Katty”. Era en blanco y negro. A ella le encantaba ese nombre, Katty. “¡Ponte así!”, le dijeron sus amigas.

Harold libre

 La vida de Katty está envuelta por un halo épico. Es de las trans “históricas”. Estuvo ahí, en la primera revuelta, del año 1973, meses antes del golpe. Cuando no había organizaciones, ni derechos humanos, ni del niño, marcha gay, nada, dice. Cuando hace el recuento, pocas de esa generación quedan vivas. Ella es la voz que resiste.

“Dura yo, dura”.

Venía del campo, de Curicó. Cuenta que su papá era el alcalde de la ciudad: Arnoldo Parra Donoso. Su mamá, agrega, era visitadora social de la municipalidad, la señora Luz Eliana González Apablaza. Con ambos la relación era distante, lo único que añoraba de su mamá era la ropa, que se ponía a escondidas. Berta, la nana, la retaba. La mandaba a jugar a las bolitas y a la pelota.

Pero a ella no le gustaba el deporte. Solo observaba a sus compañeros jugar a la pelota porque disfrutaba mirarles las piernas. “Siempre me gustaron los hombres”. Le encantaba el chofer de su papá, dice. “Yo lo seduje. Era tan buenmozo. Lo abrazaba, trataba de darle besos. Entonces, tuvimos intimidad”.

Tenía 11 años.

Todos se enteraron, relata. Fue un escándalo, su papá la quería matar. “Me baleaba por toda la plaza de Curicó en la noche”.

  • Katty, ¿cómo explicas que, al revisar los registros históricos, tu papá no aparezca como alcalde de Curicó? No hay ningún Arnoldo Parra Donoso consignado como alcalde de esa ciudad, nunca.
  • Quizá, no sé por qué sería, pues, hija. No había computador, no sé, no se me ocurre. Como te digo, fue para el Mundial del 62.
Una de las primeras veces de Katty vestida de mujer. Crédito: Archivo personal.

El Mundial de 1962 es la fecha que, en los recuerdos de Katty, marca un antes y un después. Su papá la envió a Santiago con Berta, la nana. “Él tenía una casa en la Cervecería Unida, por allá en Vitacura. Ahí me crié y fui a la escuela primaria, la 44”. Nunca más volvió a ver a su familia. “Para ellos, yo había muerto ya”.

Al ingresar al liceo, el José Victorino Lastarria, Katty dice que “se le soltaron las trenzas”. Cuando estaba en tercero de humanidades la pillaron teniendo relaciones sexuales con el hijo del director en el gimnasio y la expulsaron. Pero ella no se iba a ir sola: “Eché al agua a otros dos cabros más, el Erasmo y el Cartageno. El director dijo que yo era una manzana podrida. Bueno, no era la única”.

Llamaron a Berta para que fuera a buscarla, pero ella arrancó antes con los otros dos chicos, y Larry, el hijo del director. “Los cuatro nos fuimos a la Alameda, a recorrer la ciudad, luego al parque, en Providencia. Andábamos por ahí pidiendo, no nos faltaba”. Eventualmente los pilló la policía. El hijo del director volvió con su familia. A ella nadie la fue a buscar. Terminó en la Casa Nacional del Niño, pero también arrancó de ahí.

“Claro, yo era homosexual. Colipato, maricueca, saspirulín. O sea, me gustaban los hombres. El homosexual mientras más mujer era, más les gustaba a los hombres hombres”. Katty quería ser mujer, bien mujer.

En el centro de Santiago, entre la Posta Central y la Plaza de Armas, Katty empezó a hacerse su grupo de amigas. “Las chiquillas”. La Milenka, la Bambi, la Papi, la Doctora, la Estrella, la Pupa, la Fanny. Dormían en una hospedería, por 500 pesos la noche. Se paseaban por la plaza conversando de moda, de las famosas, de los hombres. A Katty, que apenas tenía 17 años, le gustaba la calle, porque ahí había “mayor libertad”.

A veces, por “loquear”, la policía se las llevaba detenidas. Les cortaban el pelo o las rapaban al cero. Cinco días encerradas, por “ofensas a la moral”. Las dejaban en una parte que se llamaba “la 16, junto a los pensionados. Ahí nos dejaban a los homosexuales”. Estuvo ahí unas 15 veces, más o menos. “No éramos delincuentes pero éramos una escoria para la sociedad”, dice.

Dice que la Doctora –famosa travesti de la calle San Camilo– la dejaba en la fuente de soda El Bosco mientras ella iba a atender a sus clientes. “Me compraba un café y yo la esperaba. Yo no era buena para pinchar”. Un día, finalmente, la llevó a las “casas de remolienda”, cuenta Katty. Como era menor de edad no la aceptaban. Jorge, un cabrón, la recibió en su casa. A cambio, ella hacía el aseo en la pieza de las mujeres, barría el salón, iba a hacer las compras.

Una chiquilla le dijo que haciendo los mandados no iba a ganar mucha plata y empezó a “trabajar de niña”. Los dueños de casa le pasaban una pieza, le daban desayuno y almuerzo. “Te tomaban como de la familia”. A veces tenían que arrancar, porque la policía cerraba la cuadra para allanar los clandestinos.

¿Por qué no te emparejaste, Katty?
Imagínate, con las verdaderas mujeres que le dan sus hijos y todo son guarangos, imagínate con una, que no le va a dar nunca un futuro, un hijo, nada

Era la época de la noche bohemia, recuerda. Tomó clases con Paco Mairena, un coreógrafo del teatro Bim Bam Bum. “Él con el Sergio Lesica, otro coreógrafo, me pusieron Fontey”. Katty Fontey, así dice en su carné de artista, del Sindicato de Actores Teatrales de Chile. La apadrinaron Silvia Piñeiro y Sergio Feito. “Trabajé en los teatros de revista, el Humoresque, el Picaresque. Yo hacía fantasía, bailaba mambo”.

Katty se dedicó a recorrer las boites del norte con el Royal Travesti Ballet.

  • ¿Siempre te gustó bailar?
  • No sé, para qué te voy a mentir, la cosa es que tenía que sobrevivir.

 El golpe, dice, la obligó a poner una pausa. Vivía con un ladrón y lo mataron el 73, cuenta. Vendió todo lo que tenía y arrancó a Mendoza, trabajó de empleada doméstica. Luego estuvo en Buenos Aires. El 76 se atrevió a volver. “Nos contaban que habían pasado cosas terribles, muchas muertes, asesinatos. A los homosexuales que les tenían ficha fea, a esos los mataron”.

Katty, arriba a la izquierda, en uno de sus shows. Crédito: Archivo personal.

Madame Fontey

“Yo me hice sola”, dice Katty, ad portas de cumplir 68 años. Compraba hormonas peruanas en Arica; en Tacna, pechugas. “Me puse un poco no más”. Nunca fue a un médico, aprendió cómo hacerlo leyendo. “Pero todo esterilizado, si soy nada enferma de la cabeza, una amiga paramédica me atendía en el hospital”.

Recién logró operarse en el 2000 y cambió su carné de identidad hace solo unos meses, mucho después que la mayoría de sus amigas. Operarse, dice, significaba volver a nacer. “Los cambios de sexo empezaron en el gobierno de Pinochet. Tenías que tener el cambio de sexo para poder cambiarte de nombre. Uno quería ser una persona respetada, una señora, criar niños, tener una casa”.

Al volver a Chile en 1976 se instaló en Talca, porque “ahí había prostíbulos”. Estuvo un tiempo en el Zepellin, un cabaret de la ciudad. Durante la dictadura, relata, la noche bohemia “se complicó”. Ahí aparecieron los Circo Show, como el Timoteo. “Fue una forma de doblarles la mano. Hacían el circo y entremedio aparecían las transformistas. Ahora está lleno de esos”.

Conoció a la gente del Timoteo cuando trabajaba en una boite de Valparaíso y la invitaron a actuar. En ese tiempo no eran grandes, como ahora. Se hizo muy amiga del Nano Rubio, animador del circo, y su mujer, Yesenia Ite. Es la madrina de Estéfano, el hijo menor de la pareja. “Yo crié a ese niño de cuatro meses, y al hermano, el Bastián, que tenía cinco años en ese tiempo. Imagínate, ellos abrieron los ojos y vieron a la Fontey.

  • ¿Y ellos cómo te dicen?
  • Para ellos soy la tía y punto. Porque pobres que me digan abuela, ahí los recago.

Katty vive con ellos en la Gran Avenida. Siempre está preocupada de “los niños”, de dejarles almuerzo, de la hora a la que llegan, de si tienen ropa limpia. Como una segunda mamá, como “la mujer decente” que es.

Katty en la casa que comparte con Nano Rubio y su familia, en Gran Avenida.

Desde el 2012 participa de Traves Chile, la primera agrupación de personas trans que se creó en Chile y de la que hoy es presidenta. Katty la denomina como una “agrupación para las trans adulto mayor, las trans de calle que no tienen otro apoyo”. Defiende a brazo partido a Silvia Parada, su fundadora, a la que en 2014 la condenaron a seis años de cárcel por abuso de menores. “La Silvia tuvo un tropezón y todos le dieron la espalda”, afirma.

Como activista, ¿qué les pedirías a las autoridades?
Que les dieran trabajo a las trans de la tercera edad, y a todo el gremio de la diversidad, que hubiera fuentes de trabajo y derechos para todas las personas de la diversidad.

Es que ya no tiene la paciencia de antes, dice. Critica sin tapujos a las generaciones trans más jóvenes; dice que perdieron el foco, que caen en la droga y no salen, “o andan con esta tontera de no binario, lenguaje inclusivo. Yo no los entiendo, o eres o no eres”. Le molestan también esos trans “pudientes, con trabajo, buenos hogares”, que discriminan a las trans de calle. “Esos no lucharon, no tienen trayectoria, nada”. También se queja de la delincuencia, dice que Chile está “muy malo”.

A ratos, suena como una abuelita cascarrabias. Como cualquier abuelita.

Y a ratos también suena como una abuelita con buen corazón. 

“Uno los aconseja y ellos no escuchan. Yo les digo ‘enamórate de ti mismo, como yo me estoy enamorando, vieja y sigo enamorada de mí misma”.

Katty en el mausoleo trans ubicado en el Cementerio General.

Caminando por el Cementerio General, donde en marzo de este año Traves Chile inauguró el primer mausoleo trans de Latinoamérica, Katty habla de la muerte. De esas trans que mueren en la calle y que nadie reclama en el Servicio Médico Legal. Para ellas, dice, es el mausoleo.

Ella añade, preferiría ir a morir a Europa. Regia hasta el último día, con glamour. O a Buenos Aires, al lado del Mirta Legrand. Si no, bueno, acá, pero que nadie ande gastando plata en coronas de flores o “leseras”. Mejor que esa plata la gasten en comprar pañales y los donen a un hogar de ancianos.

  • ¿Y a ti quién te va a reclamar, Katty?
  • Pienso yo que los cabros que he criado…
  • ¿Ellos son tu familia?
  • No sé, niña, no estoy ni ahí con familia.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *